LA HORA TERMINÓ



Era la tarde de un viernes, acordamos los cinco compañeros y amigos inseparables, reunirnos en la casa del mayor del grupo, Willy, para continuar con la lectura de un libro para la clase de castellano mientras tratábamos el tema de literatura europea. 

Yo, a pesar de estar indispuesto con síntomas de gripa quizás, acudí al encuentro, no me lo podía perder pues, ya habíamos iniciado las sesiones de lectura y estaba estusiasmado con la trama. 

Durante el encuentro nos íbamos rotando la lectura por capítulos al cabo de los cuales debatimos un rato para entender mejor el mismo; hablábamos acerca de los personajes, de la locación, del tiempo en el que ocurrían los hechos, de las causas de cada acción y de la concordancia con el acontecimiento histórico pues era una obra basada en la realidad del genocidio nazi, del tan horripilante suceso que marcó a la humanidad para siempre. 

En un momento, mientras escuchaba a uno de los cinco leer su capítulo, empecé a sentir bochorno, me estaba subiendo la fiebre, me sentí mal pero, quería seguir escuchando. Me acomodé entonces de modo que casi puse la espalda sobre el sentadero del mueble, cerré los ojos y recuerdo haber escuchado en la voz de uno de mis amigos mientras leía, cómo los soldados nazis irrumpieron en la casa del protagonista de la obra, llevándoselo a él, destruyendo su hogar, separando a una familia, él para un lado y su esposa e hijos para otro, para lo más cercano al infierno que se haya podido haber conocido en todos los tiempos: para los campos de concentración. Ambos, él y su esposa sabían que lo más probable era que nunca se volverían a ver. 

Yo en medio de mi malestar y escuchando esta tragedia entré en delirio por la fiebre y empecé a meterme como protagonista de la historia y literalmente sufrí en carne propia o, bueno, en mente propia, el horror de esta guerra. Sentí que todo aquello me estaba sucediendo a mí, por mis mejillas sentí como lentamente se deslizaron algunas lágrimas al ver como alejaban a mi familia de mí. En ese entonces era un adolescente de 17 años que no tenía novia, sin embargo fue tal el involucramiento con la historia que visioné cómo los soldados despiadados cuyas mentes habían sido lavadas quitándoles su condición de humanos, se llevaban lejos de mí a mi esposa y a mis hijos, robandose entonces mi vida, condenandome a lo peor que pueden someter a una persona. 

Una vez en el campo de concentración, donde todos lucían la misma ropa, resonaba en mi cabeza el saludo o expresión que los soldados gritaban a las personas allí acinadas: ¡salve esclave!, ¡salve esclave! A la cual todos, sumergidos en tremendo miedo, temblaban al oír porque sabían que podía ser su último suspiro, que quizás muchos querrian que así fuera, sin esperanzas ya porque sus vidas ya no les pertenecía. 

En medio de este drama que yo estaba viviendo al combinar el delirio causa de la fiebre con la lectura que escuchaba, me aferraba con fe, a la esperanza de que los volvería a ver, de que esto tenía que ser liquidado, de que ellos no podrían dominar, de que cada uno de esos maquiavélicos campos tendrían que terminar y que esos soldados tenían que ser vencidos y que yo tendría que salir de esa pesadilla. 

Muchos años después de esa cruenta guerra, a muchos kilómetros de distancia de donde todo aquello sucedió, reviví y sufrí en mi mente el dolor de muchos inocentes. Recuerdo que mis amigos murmuraban que yo estaba llorando, detuvieron la lectura pero, en medio del episodio yo asentí con algún gesto que prosiguieran con el relato porque quería terminar con ello. Finalmente, según esta historia, el salve esclave no se volvió a escuchar, el caos y todo ese terror llegó a su fin. Nuestro protagonista pudo volver a ver a su esposa después de mucho tiempo, aunque las cicatrices estaban, no las borraría nada ni nadie, pero por fin todo terminó. Yo descansé, sonreí. Como recién salido de una guerra no me podía sostener por mi mismo, llamaron a mi mamá y ella me recogió y me llevó en un taxi para la casa donde en medio de sábanas frescas pude dormir tranquilo, con la sensación sanadora de que por fin podía decir la hora terminó.


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