ENTRE LA DUDA, LA REALIDAD Y OTRA VEZ LA DUDA
Era como estar encerrado entre una cápsula o entre una imaginaria pupa gigante pero tan latente y palpable. Estando en la escuela, en esos primeros años donde la "inocencia" de los niños es su mayor tesoro, en medio de ellos, de su dulzura angelical y de sus actos sin malicia ni mala voluntad, empecé a vivir, sin saberlo y solo para mí, una de las mayores tragedias internas pincelada de penumbra que hubiera podido experimentar.
Aquellos inocentes me acorralaban y me gritaban cualquier injuria, como "el raro", "el aburrido", "el tonto"... yo no sabía por qué. Lo más trágico era, que allí entre esa multitud de angelitos, estaban mis primos, casi de la misma edad pero, aún siendo tan pequeños tenían puesta la máscara de la doble moral ya que en la casa paterna, en la casa de los abuelos, donde a menudo todos nos reuníamos, éramos una familia numerosa, allí, en presencia de la familia, ellos eran otros, fraternales, empáticos unos seres "divinos."
Aquella serie de acontecimientos que, a nadie conté quizás porque pensaba que eran normales, me llevaron a vivir muy solitario y a refugiarme en el silencio. Mi escena de conversación era leer lo que encontrara. Una de mis tías una vez me regaló una ruma de libros ya amarillentos por los años y allí quedé atrapado. Siendo un niño leí La República de Platón y vi que su idea de política y de gobierno era buena (Platón, trad. 1998). Leí a Julio Verne y vi que soñar no tiene fronteras, leí a Mark Twain, y a través de Tom Sawyer vi que había algo que se llamaba amistad, quizás su autor se enfocó en la idea que de esta tenía Aristóteles (Aristóteles, trad. 2004), nada similar a lo que yo vivía. Leí a Edgar Allan Poe y me di cuenta de que la oscuridad se puede convertir en relatos que atrapen y den salida hacia algún tenue destello. Leí de biología y de ciencias naturales, de antropología, leí a Descartes (Descartes, trad. 1999) y leí a Homero, su gran Odisea (Homero, trad. 2010), la historia de Ulises me enseñó que a pesar de los obstáculos en medio de la aventura, un día podía regresar, así aunque nadie me reconociera lo que soy, habría algún ser quien viera mi esencia mientras yo solamente era.
Seguí mi camino, incierto pero camino, viviendo, pensando, soportando aún los vejámenes de la tirana sociedad y escribiendo. Sí, una ruta de escape fue escribir. Escribí poesía, experiencias, cuentos y versos de amor a quien ni siquiera conocía, quizás a una amistad inexistente, quizás al viento o a una absurda realidad en medio de una crisis existencial que desconocía pero que allí estaba.
Para completar la faena, el hogar donde la vida me puso se disolvió y pasé de la penumbra a las tinieblas. Acá no me detendré, pues procuro que mi memoria opaque ese episodio.
Terminó ese capítulo y, aunque hubo una orilla a la cual asirme, el panorama seguía desolador pero, para mi fortuna las lecturas continuaban, la escritura me acompañaba y juntas eran mi escape. Además me perdía por ratos en el improvisado taller de carpintería del abuelo, donde con sobras de tablas algún objeto labraba, un barco, una pistola, una cruz...
En ese taller encontré seguridad. Quizás muchos me empezaron a ver diferente, en el colegio aunque aún sumido en el silencio y la soledad, algo diferente proyectaba y pude encontrar afinidad con cuatro muchachos, entonces cuatro amigos, quienes nunca me recriminaron nada, nunca me dijeron un apodo, nunca se burlaron de mí, al contrario siempre percibí respeto y cierta admiración. Reconocieron que yo era, vieron mi esencia y quizás ellos sin saberlo aplicaron la postura que hubiera tomado Heidegger respecto al ser (Heidegger, trad. 2003).
Se consolidó una amistad, una sesión de terapia cognitivo conductual se formó allí sin darnos cuenta. Se apoyaba a quien en lo académico lo requería y se integraba a quien estaba aislado, conversábamos, hablamos con profundidad de temas de la vida, le apostábamos a los valores y a la buena conducta, jugábamos, estudiábamos... se formó una fraternidad. Pero, como todo lo que nos rodea, esta etapa también cerró su ciclo y cada quien debió seguir su rumbo.
Yo otra vez de frente al mundo, con preguntas como ¿Qué voy a hacer?
Mirando en derredor no veía un camino.
¿Qué va a pasar conmigo?
Opté, era mi única opción, seguir con lo que ya me había dado luz un día, reflexionar, escribir, avanzar hacia un horizonte...
Pero no sabía a cuál. Solo, como antes, caminaba a donde fuera, daba vueltas, pensaba, en mi mochila un lápiz y un cuaderno, apuntaba alguna frase, escribía algún verso, me desahogaba, la angustia se convertía en poema hasta que la noche me sumía entre sus brazos, me asfixiaba pero, me dejaba escribir, me dejaba mirar al cielo y preguntar ¿esto qué es?
Esta eterna pregunta que desde ese momento sucumbe en mi cabeza, ¿esto qué es? ¿Cuál es el sentido de ser, de estar acá?
¿Existe la realidad o es un sueño disfrazado de tiempo, de ahora, de mañana?
Sin saberlo, incauto, curioso, distraído… ya estaba en el camino, mi camino.

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