EL PUENTE Y MI AMIGA
Cada tarde después de algún
encuentro con mi reducido
círculo de amigos, que realmente
era más que reducido, tenía por
costumbre ir a reunirme con
mi primera amiga, que desde
muy pequeño me acompañaba
a todas partes: mi soledad.
Juntos allá en mi pueblo, nos
íbamos por un rato al puente
del hospital, era corto, metálico,
y para mí, era un mirador
sensacional, desde donde podía
mirar parte del extenso valle
rojizo por la luz del sol poniente
y que desde lo alto de la montaña
donde está el pueblo, se podía
contemplar un espectáculo
sin igual. Este se constituía en
el lugar perfecto para pensar,
cuestionar y reflexionar tantas
cosas al lado de ella, tan buena
escucha y buena consejera.
Además de tierna y cariñosa
pues siempre me cuidó, nunca
me dejó sus atenciones y, pues
los resultados de esa compañía
fueron buenos. Siempre quedaba
de aquel encuentro algo qué
escribir, aún ahora, después de
tantos años me regala encuentros
furtivos y palabras alentadoras.
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