MARINERO DE RELATOS




Era muy joven recuerdo,

y con mis tíos me fui lejos del pueblo,

a una tierra también alta pero,

el pueblo a donde fuimos estaba

sobre lo alto de la cordillera de en frente,

en el otro balcón natural.

Allá íbamos a hacer una obra de construcción.

Llegamos una tarde, casi era de noche.

El clima también fresco como en mi pueblo.

Era una casa campestre, de veraneo,

muy cómoda y agradable.

De inmediato todo el lugar robó mi atención,

en especial los cuadros colgados

en cada pared de la casa.

Abundaban allí imágenes en retrato

de muchos y enormes barcos,

grandes navíos en diferentes puertos

y también a mar abierto.

En cada imagen, presente un señor

que se veía de gran talla, ojos claros

y cabello casi blanco por las canas

pero de cejas monas y pobladas,

de piel colorada y ajada por el sol,

quien portaba un elegante traje de marinero.

Se veía imponente este extraño señor

a quien mis ojos miraban con rareza

porque en mi pueblo no hay gente así.

No pregunté nada, he sido muy callado

a pesar de ser un poco curioso

y de mente inquieta.

Al día siguiente, cuando ya estaba con

mis tíos en la obra, y mientras hacia

labores básicas propias de un aprendiz

o ayudante como ellos le llaman

escuché que llegó una visita al sitio de la obra.

Yo estaba un tanto retirado pero mis

oídos podían captar cada palabra.

Era la señora, la dueña de la casa con su esposo.

Para sorpresa y admiración mía

se trataba del protagonista de cada foto

que la tarde anterior había visto.

La señora lo había conocido 

en el puerto de Buenaventura 

en un paseo con su familia. 

El señor en verdad era un gigante,

o por lo menos para mí que aun era niño,

pero mis tíos a su lado se veían pequeños,

bueno, igual ellos son muy bajitos.

Escuché de su voz un español muy torpe

y mal hablado, con acento de extranjero

que yo nunca había oído en persona ni tan cerca,

solo en las películas americanas.

El señor era muy formal.

Ese día se me acercó y me despelucó

sacudiéndome el pelo, me dijo su nombre,

Elmo, me acuerdo tanto,

yo también le dije mi nombre

y algo tartamudo le pregunté

que de donde era: de Austria, me respondió.

El gringo, como le decían mis tíos

todo el tiempo estaba tomando cerveza

aún en la sobremesa del almuerzo acompañando

tremendos platados de sancocho

o también con los frisoles.

Cada vez que visitaba la obra

llevaba su amarga bebida y preguntaba,

¿Va toma ceveza?

Tragándome las erres de cada palabra

Y con ese español atropellado.

Una vez me dijo que me fuera

con él a navegar.

Atónito no supe qué contestar,

me quedé mudo, tan común en mí,

solo el rechazo con mi cabeza fue mi respuesta.

“El mar es mi vida” dijo.

Su furia me apasiona y me llena de esperanzas.

Lo escuché con mucha atención.

Imaginé con detalle cada puerto

que me describió, sentí en sus palabras

la brisa del mar sobre mi cara,

el salitre se introdujo en mi lengua,

el olor a océano y el vaivén

de las olas contra el barco

me lograron marear.

Pude ver las gentes del mundo en cada puerto

y los tantos idiomas que él podia tararear.

Saboreé los mariscos y las

enormes rojas langostas,

vi delfines y ballenas y los alcatraces sobrevolar,

las gaviotas gritando y sentí

el penetrante frio rompiendo mi piel.

Hablaba con tanta pasión y entrega

que me hizo sentir navegante y lobo

de mar por un instante.

Después en mi soledad hice muchos

dibujos tratando de recrear cada historia

de este marinero, quien

con sus historias me permitió

ser marinero por un rato

y me llevó con sus relatos

a conocer el mundo.

Con el tiempo me di cuenta

de que Austria era una nación 

sin salida al mar y así 

entendí que nada era obstáculo 

para lograr lo que se sueña. 

Que el señor Elmo, allá en su tierra, 

siendo joven, sin playas ni mar

para apreciar, soñó y escuchó quizás 

por relatos, que existía un mundo marino, 

mágico y maravilloso el cual recorrer,

y decidió buscarlo y hacer su vida allí. 


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