CUANDO LLEGABA LA TARDE
Todos los días al caer la tarde él llegaba a su casa exhausto por su larga jornada. Entraba a su propio mundo, se aperaba de lo que para él sería su ropa cómoda. Se recogía su pelo largo hasta los hombros o más abajo, su barba, también larga con una o dos trenzas con runas, barba rebelde, sin arreglar, sin molde como las de las revistas o como los quasi artistas actuales. Ponía su música, la que a él le gustaba y lo transportaba, aquella que movía sus fibras y ambientaba su escenario. Se servía un café, eso sí, oscuro y ligero de azúcar, un tinto, tradicional en la tierra donde nació y creció, fiel a sus raíces y costumbres.
Hecho esto y conforme al instinto que ese día lo moviera y lo impulsara, haría poesía de alguna forma, pues cada día sentía según sus ánimos un motor que lo llevaría a estampar sus emociones y sentimientos de alguna manera, unas veces se sentaría con su juego de lápices, borradores, difuminadores, almohadillas, etc. A dibujar rostros, paisajes o alguna imagen lúgubre, nostálgica y melancólica. Procuraba dejar allí entre sombras y trazos infinitos sus más profundos sentimientos.
Otro día podía tomar su instrumento y hacer vibrar acordes que lo hicieran sentir tranquilo y en paz, que lo hicieran recordar, aquellas canciones con las que vivió aquellos inolvidables momentos con los amigos de su juventud. Escalas y progresiones que en tonos menores le imprimieran a sus momentos un aroma de añoranza por los tiempos vividos y sin regreso. Así podía pasar varios minutos, tocando para él y para sus recuerdos y emociones, no necesitaba que nadie lo escuchara, solo quería entrar por unos instantes en esa dimensión de momentos dejados allá, quien sabe donde pero que de los cuales en su mente todo permanecía intacto.
Otro día, su poesía ya no sería reflejada a través de sombras o sonidos sino con hilos y semillas formando accesorios, manillas muy personalizadas o por medio de cualquier otra manualidad como cofres de alguna fibra natural, o labraba con sus propias manos algún instrumento de viento con cañas de guaduilla y hasta algún tipo de instrumento de cuerdas, todo totalmente artesanal. En todo esto él encontraba poesía, allí entre todo aquello se sumergía en esa corriente poética que sin necesidad de estar escrita le hacía vibrar y llenar de muchas y variadas emociones y que además le brindarían como un susurro a su oído, un tema para ir trazando un escrito en su papel. También, simplemente alguno de tantos días se regalaría un encuentro consigo mismo, sentado con una copa de vino escuchando los sonidos que su propia mente pudiera recrear, muchas veces solo se sentaba a recordar y con ello a endulzar su vida.
Ya después de pasado un buen rato, agotado y con pocas energías, se bañaba, lavando bien su largo pelo y su barba, solo como un lobo, buscaba su sitio de descanso para dormir.
Al día siguiente, antes de salir a su cotidiana rutina, parado frente al espejo, entraba a su realidad, veía allí que su pelo largo no existía y que su barba no era larga como la tenía en su mente y que todo aquello era un libreto, un guion el cual solamente ensayaba cada tarde, de alguna manera recreando lo que siempre quiso ser o viviendo por un instante su propia realidad y entrando por un eterno momento a su propio mundo, lejos del caos, de la presión y de los afanes de esta pesada sociedad. Ahora frente a su espejo sabía que al cruzar la puerta dejaría allí a su fiel compañera, que nunca lo desamparaba y que siempre estaba allí para escucharlo, allí en su particular espacio dejaba a su soledad, para entrar a la tortuosa vida real tan cruel y despiadada, no ahora, sino desde siempre.

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