EL TURNO EN LA ARENA




Cada mañana como gladiadores, toman su armadura y cual lanza, cuchillo o espada de Ludus, a cuestas llevan su morral, su maleta pesada, llena de ilusiones. Se enrutan en los buses, como en cuadrigas van hacia el escenario, a dar el espectáculo y como si fuera el apoteósico coliseo romano, llegan a los campos, a las extensiones de dulces cultivos a librar la batalla diaria como lucha de fieras en la arena. 

Cual ovación del público que apreciaba las legendarias luchas de los gigantes guerreros, se oyen los llamados exigentes por el radio como del gran Marco Aurelio, Lúcio o Julio César alentando a sus soldados. 

Así, cada turno inicia y así transcurre, es una batalla, es un encuentro que se debe librar, cada uno enfrentando al colosal demoledor que exije gran cantidad de toneladas que triturar. 

Nuestros gladiadores, cada quien en su función aportan a la estrategia planteada, con fuerza y sudor, con ideas y fervor para vencer al ciclópico avasallador. 

Cortando la dulce gramínea con machete o con el enorme motor, llenando vagón por vagón y como aurigas que tiran de los coches salen los tractoristas para que como hormigas armen o carguen los trenes, que desfilan formando una danza sincronizada para llegar a tiempo y alimentar al gran monstruo moledor. 

El turno es intenso, el sudor es valioso, la batalla es fructífera y el enorme titán ruge;

la fuerza es interminable, pues hay que alimentar a la gran criatura porque aún tiene hambre. 


Jhon Jaime Pineda López. 



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