¿Qué es un papá?


Él estaba muy pequeño, tenía escasos tres años. Una mañana, mientras nos admirábamos con sus ocurrencias, con sus juegos, sus shows con su guitarra y sus extraordinarios dibujos, le pregunté: ¿qué es un papá? Y respondió de una manera tan profunda y plausible: ¡un papá es un niño que le sale barba! Fueron sus palabras textuales.

Su definición fue puntual, precisa. Desde esa mente incauta y desde su inocente modo de ver el mundo, ese era su análisis. Quizás porque yo me sentaba con él a jugar con sus carros y muñecos, o porque juntos hacíamos dibujos en sus cuadernos llenos de espectaculares garabatos; a lo mejor porque jugábamos a que éramos perritos y caminábamos como tales por toda la casa, donde “Papampan” siempre fue el protagonista. Jugábamos al escondite y a paticos al agua, a las cartas de memoria o íbamos a la cancha a jugar con el balón y a montar bicicleta. En medio de tantos juegos juntos, el niño, ante la pregunta formulada, razonó: “todos los niños juegan, mi papá juega conmigo”, y su conclusión fue: “mi papá es un niño con barba.”

Y sí, su conclusión es valedera. Desde que él llegó, los sentimientos pueriles afloraron en mí. Volví a sentir la emoción de jugar a los carritos y de sentarme a hacer dibujos. Quise volver a aprender y mi curiosidad despertó. Como decía Rousseau (1762/2009), “el hombre nace libre, pero en todas partes está encadenado” (p. 37); sin embargo, en la presencia del hijo, el padre recupera esa libertad interior que la sociedad adulta suele sofocar.

Mis anhelos de joven se despertaron, y sí, es cierto. Un papá es un niño que le sale barba; tiene otras tareas y otras responsabilidades, pero en el fondo —bueno, no tan en el fondo— sigue siendo niño. Como diría Nietzsche (1887/2008), “en cada hombre auténtico hay un niño que quiere jugar” (p. 112). Tal vez la paternidad, más que un rol, sea el regreso consciente a la inocencia, esa etapa en la que el asombro es sabiduría.

Hoy, ya ese niño está creciendo y mira serio a su papá cuando este busca hacerlo sonreír… Y ahí entiendo que educar no es imponer, sino acompañar, porque —como afirmó Aristóteles (trans. 1998)— “educar la mente sin educar el corazón no es educar en absoluto” (p. 178). La paternidad, en ese sentido, se convierte en una forma de ética práctica: una tarea que exige amor, juego, razón y ternura en equilibrio.

Y cuando lo observo, reconozco lo que decía Viktor Frankl (1946/2004): “la vida nunca deja de tener sentido, incluso en el sufrimiento” (p. 85). Ser papá es precisamente eso: descubrir que el sentido se encarna en la mirada de quien nos ve no como héroes, sino como niños grandes que aún saben reír.

Jhon Jaime Pineda López

23 de octubre de 2025

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