SOBRE LAS MADRES
Un papel muy difícil de interpretar en el escenario de la vida es el de ser mamá y el de ser papá.
En las escuelas, en los colegios o en las universidades no existe una asignatura que enseñe cómo serlo. No hay un pensum que indique los pasos exactos para criar a un hijo o a una hija; no existe ningún manual capaz de preparar el corazón para semejante responsabilidad. En el camino apenas se aprende un poco de los errores ajenos, de aquellos que también tuvieron que improvisar mientras la vida les exigía respuestas inmediatas.
Lo único verdaderamente claro es que, cuando la existencia nos entrega ese papel y nos llama al escenario, muchos intentamos interpretarlo de la mejor manera posible, aun con miedo, cansancio y dudas, aun sin haber ensayado jamás.
Pero quizá el rol más exigente sea el de las madres.
Ellas exponen su vida para dar vida. Durante el embarazo, el parto y aun en las semanas posteriores al nacimiento, una mujer enfrenta riesgos reales, dolores profundos y un desgaste silencioso que pocas veces se dimensiona. Después llegan las noches interminables, el sueño interrumpido, el cuerpo agotado, la preocupación constante, la renuncia a sí mismas para que otros puedan crecer.
Sus cuerpos se consumen lentamente para alimentar, proteger y sostener la vida de sus hijos. Y cuando el instinto de madre despierta, parece hacerlo para siempre. Aunque los hijos crezcan, aunque peinen canas o formen su propia familia, para una madre nunca dejan de ser aquellos pequeños seres indefensos que un día sostuvo entre sus brazos.
Son ellas quienes nos preparan para salir al mundo. Quienes intentan enseñarnos a resistir la dureza de la vida, a cumplir un papel digno en la sociedad, a soportar las adversidades de este camino fugaz y muchas veces hostil. Su anhelo más profundo suele ser el mismo: que sus hijos estén bien, que sean personas correctas, que lleguen más lejos de lo que ellas pudieron llegar.
Y el tiempo… el tiempo pasa de una manera aterradora.
Yo, por ejemplo, no puedo creer que ya casi cumplo cincuenta años. Hace apenas un parpadeo estaba jugando carritos con Alejo y algunos primos, Juli llegó después y también jugaba con él; esperando que mi mamá me llamara a comer o que me despertara temprano para ir a estudiar.
La vida termina pareciendo un instante.
Hoy incluso soy papá, algo que durante mucho tiempo pensé que nunca sería. Y ahora que lo soy entiendo algo que antes apenas intuía: quizá el único ser que desea genuinamente lo mejor para uno, aun a costa de su propia sangre, de sus fuerzas y de sus sueños, es una madre. Muchas veces sacrifica silenciosamente sus propias ilusiones para intentar ver realizadas las de sus hijos.
Sin embargo, al crecer, la naturaleza parece llenarnos de rebeldía y de una necesidad desesperada de independencia. Y en medio de ese afán aparece también cierta amnesia cruel: olvidamos que hubo un tiempo en el que nuestro universo entero cabía en los brazos de mamá.
De niños, nuestro refugio era ella. Nuestro lugar seguro era su presencia durante las noches de fiebre, durante los miedos, durante la enfermedad o la tristeza. Aún recuerdo aquel primer día de colegio en el que no quería soltar su mano, como si hacerlo significara quedar indefenso frente al mundo.
Y aun así, sin haber estudiado para ello, sin diplomas ni títulos, ella logró convertirse en lo más importante para la vida de un pequeño.
Por eso nunca debería olvidarse que incluso el regaño incómodo, la corrección severa o aquel chancletazo que alguna vez pareció injusto tenían, en el fondo, una intención silenciosa de amor. No eran únicamente castigos: eran intentos desesperados de prepararnos para sobrevivir en la dura carrera de la vida, de hacernos fuertes para un mundo que no tendría la misma paciencia, ni la misma misericordia, ni el mismo amor que esperaba en casa detrás de la puerta.
Recuerden, de esa puerta para allá existe el caos y el terror.
¡Feliz día!

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